manifiesto comunista – MST :: https://mst.org.ar Movimiento Socialista de los Trabajadores Wed, 10 Feb 2021 21:22:57 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1 https://mst.org.ar/wp-content/uploads/2016/10/cropped-logo-32x32.png manifiesto comunista – MST :: https://mst.org.ar 32 32 Aniversarios: Manifiesto Comunista. Un muerto que no para de nacer https://mst.org.ar/2021/02/10/aniversarios-manifiesto-comunista-un-muerto-que-no-para-de-nacer/ Wed, 10 Feb 2021 21:22:57 +0000 https://mst.org.ar/?p=29425 El 21 de febrero de 1848 se publicaba en Londres el Manifiesto Comunista. En una Europa que atravesaba una profunda crisis económica hundiendo en la miseria a millones de trabajadores y campesinos, la clase obrera daba sus primeros pasos en organización y conciencia, abrazando las ideas revolucionarias. Las clases dominantes temblaban ante el “fantasma del comunismo”. El Manifiesto le pone voz y cuerpo al fantasma, dotando a la clase obrera de un programa para enfrentar al capitalismo y luchar por el socialismo. Desde entonces ha sido uno de los textos más traducidos y editados en la historia. Y aunque más de una vez se lo haya dado por muerto o anticuado, sigue siendo una herramienta fundamental para quienes enfrentamos el capitalismo y luchamos por transformar la realidad.

Escribe: Martín Poliak

La Pandemia de COVID-19 puso al desnudo la decadencia del capitalismo. La crisis sanitaria, junto a la brutal crisis económica que atravesamos, sumada a la terrible crisis ambiental muestra que estamos ante un sistema que no tiene nada bueno que ofrecer a la humanidad más que miseria y destrucción.

Cuando el capitalismo estaba aún en su infancia, Marx y Engels captaron sus características centrales y su dinámica. De ahí que 172 años después este texto mantenga plena vigencia. Es cierto que muchas cosas han cambiado desde entonces. Pero tan cierto como eso es que en grandes pasajes, el Manifiesto parece una obra contemporánea hablándonos del mundo actual. Pensemos por ejemplo que en 1948, cuando aún no existía la palabra globalización y el capitalismo sólo estaba consolidado en algunos países europeos, ya nos describían su tendencia a expandirse por el mundo:
“La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones […] La burguesía al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita […] Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones.”

A su vez, nos señalan que esta expansión capitalista viene acompañada de crisis periódicas que hunden a las masas en la miseria. Crisis como la actual no son excepciones sino una característica propia del funcionamiento capitalista. A diferencia de sociedades anteriores, en que las crisis se ocasionaban porque la humanidad aún no producía lo suficiente para satisfacer las necesidades básicas, las crisis actuales se deben a las características propias del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción, la anarquía en la producción y la ganancia capitalista como objetivo. Pero estas crisis, que muestran los límites del capitalismo abren a su vez la posibilidad de superarlo.

Dar vuelta todo

Marx y Engels reconocen en el Manifiesto que el capitalismo significó un avance para la humanidad porque generó un aumento de la riqueza social, lo que hace posible avanzar a un mundo más justo. Sin embargo, la estructura social y el funcionamiento capitalista son una traba para que eso se concrete: la propiedad privada de los medios de producción, la inexistencia de una planificación económica y la producción puesta al servicio de las ganancias capitalistas impiden que la sociedad continúe avanzando.

Como decía Trotsky hace 80 años, los avances científicos y tecnológicos característicos del capitalismo en vez de significar un avance para la humanidad actúan directamente en sentido contrario.

Hoy se producen en el mundo alimentos suficientes para alimentar dos veces la población mundial pero se mueren millones de hambre cada año, porque las diez multinacionales que controlan la industria alimentaria mundial privilegian sus ganancias.

Los avances de la medicina en la época de ascenso de la burguesía fueron monumentales, pero hoy son cada vez más frenados por la industria farmacéutica. La pandemia de Coronavirus puso en evidencia cómo la propiedad privada (en este caso de la salud) pone en riesgo la vida de la humanidad: investigaciones de años suspendidas por ajustes o falta de rentabilidad, una carrera por las vacunas que en vez de cooperación y trabajo en común se basa en la competencia, pensando en las futuras ganancias y no en las vidas humanas.

Lo mismo se evidencia en la destrucción del medio ambiente. Es posible hoy generar toda la energía que necesitamos con medios no contaminantes. Pero esos medios no son rentables y la industria petrolera es un bastión de la economía capitalista que la burguesía no puede abandonar. Todo lo contrario, en la medida que van agotando las reservas accesibles de petróleo desarrolla métodos de extracción más destructivos como el fracking.

En síntesis, el capitalismo es cada vez más incompatible con la vida humana, nos hunde en una creciente miseria en medio del acaparamiento por unos pocos de la riqueza más abundante de toda la historia, y esto no se puede cambiar si no es atacando los intereses de esas multinacionales, es decir, el corazón del capitalismo.

La lucha es política

Cada día vemos como los pueblos enfrentan la barbarie capitalista. El mundo está recorrido por luchas obreras, ambientales, democráticas, de género, estudiantiles. Cada una de ellas enfrenta las consecuencias a las que no lleva el capitalismo. Pero como nos alertaba el Manifiesto, “toda lucha de clases es una lucha política”.

Mientras exista el capitalismo todo lo que conseguimos con nuestra lucha por un lado, la burguesía lo recupera por otro. Si logramos un aumento de salarios, la burguesía, a través de la inflación recupera lo que perdió y nosotros perdemos lo que ganamos. La lucha de clases es política porque el objetivo de lxs trabajadorxs es avanzar de las peleas reivindicativas a la disputa por el poder. Y eso solamente es posible con la “organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político.”

Un programa para la acción revolucionaria

Marx y Engels escribieron el Manifiesto por encargo de la Liga de los Comunistas, una de las primeras organizaciones políticas de la clase trabajadora, en la que jugaron un rol dirigente. Su esfuerzo estuvo puesto en dotar a la clase obrera de un programa sobre bases científicas.

Hoy al marxismo se lo estudia muchas veces en las universidades como una teoría social, divorciada de su carácter comprometido y revolucionario. A Marx y Engels se los presenta como teóricos académicos, y no como los militantes políticos que fueron.

Pero el Manifiesto es un programa para la acción de una organización política de la clase trabajadora. Es un llamado a las armas que mantiene plena vigencia para quienes hoy perciben la ruina a la que nos conduce el capitalismo y buscan luchar por un rumbo distinto para la humanidad.

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Friedrich Engels: a 125 años de su muerte https://mst.org.ar/2020/08/05/friedrich-engels-a-125-anos-de-su-muerte/ Wed, 05 Aug 2020 11:54:38 +0000 https://mst.org.ar/?p=25469 Murió un 5 de agosto de 1895. Su nombre está ligado indisolublemente al de Karl Marx, con quien además de una entrañable amistad compartió las elaboraciones que alumbraron el socialismo científico. Aunque Engels dijo “al lado de Marx siempre toqué el segundo violín”[1], sus investigaciones sobre economía y sobre la situación de la clase obrera inglesa ejercieron gran influencia sobre Marx. El surgimiento del “marxismo” es en realidad fruto del trabajo en común. Cuando el mundo vive una crisis capitalista inédita y nuevas generaciones se acercan a las ideas socialistas, es esencial rescatar su vida, su trayectoria e incentivar la lectura de sus obras.

Escribe: Emilio Poliak

Engels nació en Barmen, ciudad de la región renana de Prusia, el 28 de noviembre de 1820. Su familia era propietaria de fábricas textiles, conservadora y muy religiosa. La aspiración de que su hijo se convirtiese en un empresario que continuase el negocio familiar entró en contradicción permanente con las inquietudes del joven Friedrich. Poco antes de terminar el colegio secundario fue enviado por su familia a  perfeccionarse en cursos de importación y exportación, pero pronto abandonó ese camino y se alistó en el servicio militar. En Berlín se vio atraído por los círculos de intelectuales liberales que expresaban el espíritu revolucionario de la época.

Eran tiempos en que las ideas de la Revolución Francesa se propagaban por Europa y en la confederación germánica, que estaba lejos todavía de su revolución democrática. La oposición al poder del reino prusiano se manifestaba esencialmente en el movimiento literario de la “Joven Alemania”, para el cual escribió varios artículos, y luego en lo que se conoció como la “izquierda hegeliana”. Este movimiento político-filosófico rescataba de Hegel su método dialéctico, pero cuestionaba su aspecto religioso que servía de base al régimen prusiano. Engels, al igual que Marx, fueron parte de este movimiento con el que romperían años después por su carácter meramente contemplativo de la realidad.

La ligazón a la clase obrera inglesa

En 1842 Engels se trasladó a Manchester para trabajar en una de las empresas de su padre. Inglaterra era la cuna de la revolución industrial, en donde el sistema capitalista alcanzaba su mayor desarrollo y mostraba sus características esenciales. Allí dedicó casi dos años a conocer de manera directa las condiciones de vida del proletariado y de sus organizaciones, tomó contacto con las ideas de los socialistas utópicos, con el movimiento cartista[2] y comenzó el estudio de la economía capitalista y sus leyes.

Las conclusiones de sus estudios las volcó en diferentes artículos durante esos años y en 1845 publicó el libro La situación de la clase obrera en Inglaterra, en donde describe las penurias del proletariado pero al mismo tiempo señala con fuerza que no sólo es una clase que sufre sino que pelea, que lucha, que se organiza y en su lucha se encuentra la fuerza que puede cambiar la sociedad. Dice en la introducción, dirigiéndose a los obreros ingleses: “He aquí cómo he procedido: he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase (burguesa)[3], he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en charlas convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta; orgulloso, porque así he tenido la ocasión de hacer justicia a una clase oprimida y calumniada a la cual, pese a todas sus faltas y todas las desventajas de su situación, sólo alguien que tuviera el alma de un mercachifle inglés podría rehusar su estima […]

“Gracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo tiempo a la clase (burguesa), vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella ninguna ayuda. Sus intereses y los vuestros son diametralmente opuestos, aunque trate sin cesar de afirmar lo contrario y quiera haceros creer que siente por vuestra suerte la mayor simpatía. Sus actos desmienten sus palabras. Yo espero haber aportado suficientes pruebas de que la clase (burguesa) -pese a todo lo que se complace en afirmar- no persigue otro fin en realidad que el de enriquecerse por vuestro trabajo, mientras pueda vender el producto del mismo, y de dejaros morir de hambre, desde el momento en que ya no pueda sacar más provecho de este comercio indirecto de carne humana”.

Encuentro con Marx

Engels había colaborado con los Anales franco-alemanes, la revista que Marx editaba en París junto a Arnold Ruge. Allí había publicado un artículo titulado Esbozo para una crítica de la economía política, a partir de los estudios realizados en Manchester. En 1844 viaja a Francia, en donde se encuentra con Marx, y a partir de ese momento la vida de ambos estaría íntimamente vinculada, marcada por la amistad y el trabajo en común.

Cuando Marx es expulsado de Francia ambos se instalan en Bruselas, en donde elaboran la mayoría de sus trabajos conjuntos. En 1844 escriben La sagrada familia, obra que marca la ruptura definitiva con la izquierda hegeliana al cuestionar que la crítica en sí misma no produce cambios si no es como punto de partida para la acción política. Años después escriben La ideología alemana, en donde exponen por primera vez la concepción materialista de la historia. Crearon el comité de correspondencia comunista tomando contacto con la Liga de los Justos, una organización de obreros, artesanos e intelectuales alemanes exiliados que tenían grupos en París, Bruselas y Londres.

Engels y Marx se afiliaron en 1847 y dieron una batalla al interior para dotar a la organización de una teoría correcta frente a las concepciones más cercanas al socialismo utópico que mantenía la Liga en ese entonces. Finalmente la organización cambiará su nombre por Liga de los Comunistas y Marx y Engels recibieron el encargo de redactar su programa y objetivos. Marx lo redactó sobre la base de un trabajo de Engels que se llamaba Principios del comunismo. Este material se editó en 1848 como Manifiesto del Partido Comunista y se transformó en el documento fundacional del socialismo científico.

Un militante revolucionario

La obra de Engels, al igual que la de Marx, no estaba dirigida a los círculos intelectuales ni universitarios. Todas sus elaboraciones sobre filosofía, economía e historia tenían el objetivo de dotar a la clase obrera de un análisis científico de la realidad y un programa para la transformación social. Por eso la actividad teórica era parte inseparable de la actividad revolucionaria y la construcción de organizaciones para llevarlas adelante.

Cuando estalló la revolución alemana de 1848, organizaron el ingreso de unos 300 militantes de la Liga de los Comunistas para participar del proceso, interviniendo en las acciones del movimiento de masas y elaborando análisis y políticas desde la redacción de la Nueva gaceta renana dirigida por Marx. Engels fue parte también de la fundación y dirección de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, ocupando en alguna oportunidad su Consejo General. Luego del fallecimiento de Marx fue el principal referente de la Segunda Internacional, la Internacional Socialista que construyó grandes partidos marxistas. Su vida no fue la de un intelectual académico, sino la de un teórico y militante al servicio de la revolución obrera.

Celebración de la amistad

La amistad que establecieron Engels y Marx por casi 40 años es parte de la historia del movimiento obrero y ejemplo de un tipo de relación afectiva despojada de toda la hipocresía de un sistema que cosifica todas las relaciones sociales y fomenta el individualismo como forma de realización humana. Construida alrededor de la pelea por liberar a la clase obrera y a la humanidad de toda explotación y opresión, era fruto de la admiración y colaboración mutuas, desprovista de envidias y egos, unida por un lazo de solidaridad capaz de ordenar la vida propia en función de la vida del amigo para realizar una tarea que los trascendía a ambos.

Cuando Marx comenzó a escribir El Capital, la disposición de Engels para que pudiera terminarlo no tuvo límites. Varios de los artículos que Marx firmó para el periódico norteamericano New York Tribune, y que eran casi su única fuente de ingresos, fueron escritos por Engels para que su amigo no tuviese que abandonar un trabajo de tal envergadura y trascendencia. Su buena posición económica producto de la administración de la empresa familiar la puso a disposición de garantizar el sostenimiento de Marx y su familia.

Los miles de cartas que forman parte de la correspondencia entre ambos son el reflejo de esta relación de debates permanentes, intercambio de datos, apreciaciones e investigaciones y de las preocupaciones por la situación del otro. En una de ellas, cuando Marx enfermo trabajaba para finalizar El Capital, le escribe a Engels: “puedes estar seguro de que haré todo lo posible por dar cima cuanto antes a este trabajo, que gravita sobre mí como una pesadilla”. Y éste le responde: “Mucho me alegra el que lo del libro vaya de prisa, algunas de las expresiones de tu carta anterior me habían hecho sospechar si te encontrarías de nuevo en una de esas repentinas encrucijadas en que se va aplazando todo sin fecha fija. El día en que vea impresa la obra me emborracho sin remedio, a menos que vengas tú al día siguiente y podamos celebrarlo juntos…”

Finalmente, el 16 de agosto de 1867 a las dos de la madrugada, Marx vuelve a escribir: “Querido Fred: Acabo de corregir el último pliego (el 49) del libro. El apéndice, acerca de las formas del valor, impreso en tipo pequeño, ocupa 1 1/4 pliegos. También corregí el prefacio y lo envié ayer. Este tomo, por lo tanto estará terminado, y que ello fuera posible lo debo únicamente a ti. Sin tu sacrificio por mí, jamás hubiera podido realizar el enorme trabajo de escribir los tres volúmenes. ¡Te abrazo, lleno de gratitud! Acompaño dos pliegos de pruebas corregidas. He recibido las quince libras esterlinas; muchas gracias. Te saludo, mi querido, amado amigo”[4].

Sus últimos años

Cuando Marx murió en 1883, Engels se convirtió en su principal divulgador y continuador de su trabajo. Varios años los dedicó a reunir y ordenar los manuscritos y borradores que había dejado su amigo para poder completar El Capital, del que en vida de Marx sólo se había editado el primer tomo. Engels logró terminar el segundo todo en 1885 y el tercero en 1894. El cuarto nunca lo llegó a terminar.

Al mismo tiempo publicó una serie de obras muy importantes para el desarrollo del movimiento socialista, dos de los cuales son de lectura imprescindible. En 1880 escribió Del socialismo utópico al socialismo científico, en donde desarrolla de manera brillante el surgimiento del socialismo científico no como el invento nacido mágicamente de la mente de dos genios, sino como la continuidad (y crítica) de las ideas más avanzadas de los pensadores de la época, a las que Lenin luego llamaría “tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”.

  1. En primer lugar la historiografía francesa y el socialismo utópico, del que en dicha obra plantea: “Se pretendía sacar de la cabeza la solución de los problemas sociales, latente todavía en las condiciones económicas poco desarrolladas de la época. La sociedad no encerraba más que males, que la razón pensante era la llamada a remediar. Tratábase por eso de descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo. Estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía; cuanto más detallados y minuciosos fueran, más tenían que degenerar en puras fantasías.”
  2. En segundo lugar la filosofía clásica alemana, en especial el método dialéctico de Hegel: “La filosofía alemana moderna encontró su remate en el sistema de Hegel, en el que por vez primera -y ése es su gran mérito- se concibe todo el mundo de la naturaleza, de la historia y del espíritu como un proceso, es decir, en constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo y se intenta además poner de relieve la íntima conexión que preside este proceso de movimiento y desarrollo. Contemplada desde este punto de vista, la historia de la humanidad no aparecía ya como un caos árido de violencias absurdas, igualmente condenables todas ante el fuero de la razón filosófica hoy ya madura, y buenas para ser olvidadas cuanto antes, sino como el proceso de desarrollo de la propia humanidad”. Y critica que Hegel había liberado a la concepción de la historia de la metafísica, la había hecho dialéctica; pero su interpretación de la historia era esencialmente idealista. Ahora, el idealismo quedaba desahuciado de su último reducto, de la concepción de la historia, sustituyéndolo una concepción materialista de la historia, con lo que se abría el camino para explicar la conciencia del hombre por su existencia, y no ésta por su conciencia, que hasta entonces era lo tradicional.”
  • La tercera fuente era la economía política inglesa, desarrollada sobre todo por Adam Smith y David Ricardo: “De este modo el socialismo no aparecía ya como el descubrimiento casual de tal o cual intelecto de genio, sino como el producto necesario de la lucha entre dos clases formadas históricamente: el proletariado y la burguesía. Su misión ya no era elaborar un sistema lo más perfecto posible de sociedad, sino investigar el proceso histórico económico del que forzosamente tenían que brotar estas clases y su conflicto, descubriendo los medios para la solución de éste en la situación económica así creada.”

Engels concluye: “Estos dos grandes descubrimientos, la concepción materialista de la historia y la revelación del secreto de la producción capitalista, mediante la plusvalía, se los debemos a Marx. Gracias a ellos, el socialismo se convierte en una ciencia, que sólo nos queda por desarrollar en todos sus detalles y concatenaciones.”

Y tras describir las principales características del socialismo científico, resume: “III. Revolución proletaria, solución de las contradicciones: el proletariado toma el poder político, y, por medio de él, convierte en propiedad pública los medios sociales de producción, que se le escapan de las manos a la burguesía. Con este acto, redime los medios de producción de la condición de capital que hasta allí tenían y da a su carácter social plena libertad para imponerse. A partir de ahora es ya posible una producción social con arreglo a un plan trazado de antemano. El desarrollo de la producción convierte en un anacronismo la subsistencia de diversas clases sociales. A medida que desaparece la anarquía de la producción social languidece también la autoridad política del Estado. Los hombres, dueños por fin de su propia existencia social, se convierten en dueños de la naturaleza, en dueños de sí mismos, en hombres libres”[5].

Patriarcado, clases, Estado

En 1884 Engels publica El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, otra de sus obras clave. Antes, la aparición del libro La sociedad primitiva, del investigador norteamericano Lewis Morgan, aportaba nuevos elementos históricos que reafirmaban la concepción materialista de la historia sobre el cual Marx había dejado varias anotaciones: “En América, Morgan descubrió de nuevo, y a su modo, la teoría materialista de la historia, descubierta por Marx cuarenta años antes, y, guiándose de ella, llegó, al contraponer la barbarie y la civilización, a los mismos resultados esenciales que Marx”[6].

En base a esos elementos, Engels desenvuelve en profundidad un análisis científico del desarrollo social de la humanidad, partiendo de las comunidades primitivas basadas en las gens de derecho materno y las modificaciones que se producen en las formas familiares a partir del surgimiento de nuevas formas de producción y propiedad. Demuestra cómo la aparición del patriarcado está relacionada al surgimiento de la propiedad privada, sentando así una base para comprender la relación entre la liberación de la mujer y la eliminación de la sociedad de clases: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada, y en ciertos sitios, hasta revestida de formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida”.

También demuestra que el Estado no existió siempre, sino que es parte del desarrollo histórico y aparece con el surgimiento de las clases sociales como manifestación de sus intereses irreconciliables: “Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad; tampoco es ‘la realidad de la idea moral’, ‘ni la imagen y la realidad de la razón’, como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del ‘orden’. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado”.

Otras obras importantes escritas por Engels durante sus últimos años fueron La dialéctica de la Naturaleza, el Anti-Dühring y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

“Memoria eterna a un gran luchador y maestro del proletariado”

Con esas palabras Lenin finaliza su texto dedicado a Engels tras su muerte, el 5 de agosto de 1895. No hay nada de exageración en esa frase y por eso la hacemos propia. Sus aportes para sentar las bases científicas de la lucha por la liberación de la clase obrera y los sectores oprimidos de toda explotación y opresión fueron fundamentales y mantienen plena vigencia. Con este artículo le rendimos nuestro homenaje y asumimos el compromiso de continuar su lucha y acercar su obra a las jóvenes generaciones que se acercan a la pelea por el socialismo.

[1] Carta de Engels a I. Ph. Becker, 15 de octubre de 1884.

[2] Primer movimiento político de la clase obrera inglesa, que peleaba centralmente por el derecho al voto para los trabajadores.

[3] En el original dice clase media, pero más adelante aclara: “he utilizado […] la expresión clase media en el sentido del inglés middle; esta expresión designa, como la palabra francesa burguesía, la clase poseedora y muy particularmente la clase poseedora distinta de la llamada aristocracia”.

[4] Correspondencia entre K. Marx y F. Engels.

[5] Del socialismo utópico al socialismo científico, 1880.

[6] Prefacio de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884.

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Marxismo. 170 años del Manifiesto Comunista https://mst.org.ar/2018/06/06/marxismo-170-anos-manifiesto-comunista/ Wed, 06 Jun 2018 21:10:24 +0000 https://mst.org.ar/?p=14098 Nuestra editorial La Montaña ha publicado recientemente una nueva edición del Manifiesto Comunista. Desde Anticapitalistas en Red estamos impulsando una campaña internacional en ocasión del aniversario 170 de su primera publicación.

¿Por qué un folleto escrito a mediados del siglo XIX tiene tanto peso en la política del mundo actual? Una primera respuesta es que el Manifiesto Comunista describe un mundo que aún podemos reconocer. Es innegable que ha cambiado mucho desde 1848, pero todavía vivimos en la “sociedad burguesa” que describen y critican Marx y Engels. La crisis mundial que estalló en 2008 y que aún atravesamos parece presagiada por las advertencias del Manifiesto, de que la expansión capitalista viene acompañada de crisis periódicas que hunden a las masas en la miseria.

Un documento de asombrosa actualidad

Tal vez por haberlo analizado en su infancia, es que Marx y Engels lograron capturar las características esenciales y la dinámica central del capitalismo. De hecho, si algo asombra al leer el Manifiesto, es que parece describir la sociedad actual, incluso más que la del siglo XIX:

“Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes… Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza.”
Cuando se publicó el Manifiesto, sólo unos pocos países de Europa tenían un desarrollo industrial avanzado. Sin embargo al leer estas líneas, pareciera ilustrar la llamada “globalización” capitalista del siglo XXI.
A muchos les puede asombrar que el Manifiesto comienza su análisis de la burguesía alabando el papel revolucionario que jugó en la historia. Le atribuye al capitalismo el entierro del oscurantismo y el estancamiento de las sociedades anteriores, y el desarrollo sin precedentes de la fuerzas productivas, de la creación de una riqueza material tan abundante que acabó con la escasez que había acechado a la humanidad hasta entonces. Se trataba de la abundancia que haría objetivamente posible una sociedad de iguales:
“La burguesía, con su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas.”

El materialismo histórico

Pero el Manifiesto también describe al capitalismo como una sociedad de clases más, que concentra el poder y la riqueza en pocas manos, hunde a millones en la pobreza y la miseria, y transforma la vida en una rutina odiosa que le impide a la mayoría desarrollar su potencial. El desarrollo anárquico del capitalismo también lo hace incurrir en frecuentes y destructivas crisis, y conduce a la competencia entre Estados, la confrontación y la guerra. La única solución a estos problemas es la abolición del capitalismo y su reemplazo por un sistema en el que la mayoría de la población controle los recursos económicos democráticamente. Es decir, el comunismo.
Así el Manifiesto ubica al capitalismo en la historia, y expone a su vez, uno de los mayores aportes del marxismo: su concepción materialista de la historia, o materialismo histórico. Se trata de la primera teoría científica sobre la sociedad humana. Según ella, la actividad humana fundamental es la producción de los medios de subsistencia. La manera en la que se organice la producción social va a determinar las estructuras sociales, políticas, culturales, etc. El Manifiesto comienza afirmando que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días, es la historia de las luchas de clases”. Cada sociedad ha desarrollado las fuerzas productivas hasta cierto punto, en el que éstas entran en conflicto con las relaciones de dominación de esa sociedad, momento en el cuál una clase subalterna está llamada a conducir una revolución contra el orden imperante y construir una nueva sociedad. Sin embargo este desenlace, advierte el Manifiesto, no es inevitable. Lo dirime la lucha de clases y termina con “la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes” y un retroceso de la humanidad.

El proletariado como sujeto revolucionario

El Manifiesto señala a la clase obrera moderna como el sujeto revolucionario capaz de destruir el capitalismo y construir una nueva sociedad. Ese poder surge de su ubicación clave en la economía, su capacidad de frenar la producción y de arrastrar tras de sí a otros sectores sociales. Esa clase -el proletariado asalariado- que era un fenómeno nuevo, surgido en un puñado de ciudades cuando se publicó el Manifiesto, hoy comprende a la mayoría de la población mundial. Previendo esa dinámica, Marx y Engels plantearon que la revolución proletaria no crearía una nueva sociedad de clases, sino que, al liberarse, el proletariado liberaría al conjunto de la humanidad, sentando las bases de una sociedad igualitaria.
También son enfáticos en el carácter mundial del sistema capitalista, y el necesario carácter internacionalista de la lucha revolucionaria del proletariado. El llamado final del Manifiesto “¡Proletarios de todos los países uníos!” no es una consigna moral abstracta, sino un llamado concreto a la organización política internacional.

Un programa político

Marx y Engels afirman que la emancipación del proletariado será obra del propio proletariado. Pero son igualmente claros en que la revolución no es posible sin la intervención activa de los revolucionarios conscientes. Estos revolucionarios comunistas “destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad” y “representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”. La crisis capitalista es inevitable, el triunfo de la revolución no. El capitalismo puede terminar en el “hundimiento de las clases beligerantes”. Sólo la intervención de los revolucionarios organizados -el sector más resuelto (del movimiento proletario)- puede lograr un desenlace positivo de la lucha de clases.
Marx y Engels escribieron el Manifiesto para la fundación de la Liga de los Comunistas, una de las primeras organizaciones políticas de la clase trabajadora, en cuya fundación jugaron un rol dirigente. Hoy al marxismo se lo estudia en las universidades como una teoría social, divorciada de su carácter comprometida y revolucionaria. A Marx y Engels se los presenta como teóricos académicos, y no como los militantes políticos que fueron. Al propio Manifiesto se lo estudia como un audaz paper analítico.
Pero el Manifiesto es algo completamente distinto. Es un programa para la acción de una organización política de la clase trabajadora. Es un llamado a las armas que mantiene plena vigencia para quienes hoy perciben la ruina a la que nos conduce el capitalismo y buscan luchar por un rumbo distinto para la humanidad.
Ese es el Manifiesto que reivindicamos desde el MST y Anticapitalistas en Red, desde donde impulsamos una campaña internacional por su 170 aniversario, al servicio del cual ponemos la nueva edición del libro que ha publicado la editorial La Montaña.

Federico Moreno

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A 170 años del Manifiesto Comunista https://mst.org.ar/2018/02/22/170-anos-manifiesto-comunista/ Thu, 22 Feb 2018 19:40:39 +0000 https://mst.org.ar/?p=11993 El 21 de febrero de 1848 se publicaba en Londres la primera edición del Manifiesto Comunista, escrito por Marx y Engels en forma de panfleto para difundir las ideas de la Liga de los Comunistas entre los obreros europeos.

Mientras la burguesía consolidaba su poder en Europa y se extendía el régimen de producción capitalista por el viejo continente, la joven clase obrera daba sus primeras luchas contra la miseria y la explotación. La Liga buscaba explicar teóricamente lo que sucedía y al mismo tiempo prepararse para las revoluciones que se avecinaban, dándole una perspectiva a la lucha de la clase obrera. El Manifiesto Comunista fue la piedra fundacional del marxismo como corriente político-ideológica y la base para la organización de la clase obrera y de poderosos partidos marxistas, así como de las diferentes organizaciones internacionales de trabajadores.
En estos 170 años el mundo ha sufrido inmensos cambios y evidentemente algunos aspectos del Manifiesto han quedado desactualizados. El propio Marx junto a Engels y luego otros marxistas como Lenin y Trotsky fueron actualizando la teoría al calor de los nuevos procesos, especialmente las revoluciones de 1848, la Comuna de París y la Revolución Rusa.
Sin embargo, aunque los intelectuales a sueldo de la burguesía lo hayan dado por muerto, el reformismo lo haya declarado caduco y el stalinismo lo haya bastardeado, sus tesis centrales mantienen plena vigencia.

“La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”

El Manifiesto comienza con una síntesis de la concepción materialista de la historia, fundamental no sólo para interpretar científicamente el desarrollo de las sociedades sino para ubicar al propio sistema capitalista como parte de ese mismo desarrollo dando por tierra con los argumentos sobre la eternidad de ese régimen de producción.
“Opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.” (…) “La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase.  Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.”
La lucha de clases nace de los intereses irreconciliables entre explotadores y explotados, en la actualidad la burguesía y el proletariado. La socialdemocracia primero y más tarde el stalinismo con su política de conciliación de clases, al revisar esta tesis fundamental contribuyeron (y lo siguen haciendo) al sostenimiento del orden capitalista. Los revolucionarios seguimos sosteniendo que la transformación social necesaria sólo puede venir de la lucha implacable contra la burguesía.

El sistema capitalista

Aunque es en El Capital que Marx va a desarrollar su crítica a la sociedad capitalista, en el Manifiesto ya esboza las primeras ideas: el pago de la fuerza de trabajo como equivalente al costo de su reproducción y la apropiación de la plusvalía por los capitalistas; la competencia como la ley fundamental de las relaciones sociales; la ruina de las clases intermedias, la concentración de la riqueza en un número siempre decreciente de propietarios en un polo y el crecimiento numérico del proletariado en el otro y la preparación de las pre-condiciones materiales y políticas para el socialismo entre otras.
Como si nos estuviera hablando del mundo actual, describe las crisis cíclicas que llevan a la “epidemia de la superproducción” en la cual la gente muere de hambre porque hay demasiada producción. A diferencia de los Modos de Producción anteriores, en que las crisis se ocasionaban porque la humanidad aún no producía lo suficiente para satisfacer las necesidades básicas, las crisis actuales se deben a la propiedad privada de los medios de producción. La destrucción de fuerzas productivas y conquista de nuevos mercados, así como el aumento de la explotación de los trabajadores permite a la burguesía superar las crisis preparando crisis mayores y aumentando la miseria de las masas populares.
Basta conocer el informe del Foro de Davos que revela que el 82% de la riqueza mundial generada durante el año pasado fue a parar a manos del 1% más rico y que el 56% de la población global vive con entre 2 y 10 dólares por día, para notar la vigencia del Manifiesto.

“Toda lucha de clases es una lucha política”

“Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera.”
Mientras exista el capitalismo todo lo que conseguimos por un lado, la burguesía lo recupera por otro. Si, por ejemplo, logramos con una dura lucha un aumento de salarios, la burguesía, a través de la inflación recupera lo que perdió y nosotros perdemos lo que ganamos. La lucha de clases es política porque el objetivo de los trabajadores es avanzar de las peleas reivindicativas a la disputa por el poder. Y eso solamente es posible con la “organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político.”
El anarquismo y el sindicalismo ya desde tiempos de Marx, o el autonomismo en la actualidad intentan disociar las luchas cotidianas de la lucha política. Pero no disputar el poder político implica dejarlo en manos de la burguesía, que lo utiliza para seguir explotando y arrojando a la miseria a la inmensa mayoría del pueblo.

La clase obrera como clase dominante

Para poder transformar las relaciones sociales, la clase trabajadora debe tomar el poder político para comenzar a transformar todas las relaciones sociales; y al liberarse de la explotación, liberará de toda explotación al conjunto de los oprimidos.
“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado.  Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar. El primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia.”. Sólo ahí se puede empezar a hablar de democracia ya que se trata del poder para la clase mayoritaria.

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.”
“Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría.  El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa.”

La revolución es mundial

Aunque empieza siendo nacional (por su forma, no por su contenido) el Manifiesto plantea que la pelea contra la burguesía es internacional. El propio desarrollo capitalista va borrando las diferencias nacionales al conquistar el mundo entero, por lo tanto la revolución no puede detenerse sólo en el plano nacional.
“La acción conjunta de los proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación.  En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.”

“Un fantasma recorre Europa…”

Con esta frase comienza el Manifiesto Comunista. Expresaba el temor del poder económico, político y religioso a las ideas comunistas que se expandían por Europa. A 170 años, cuando crece la resistencia a los planes de la burguesía en todo el mundo y el conjunto del sistema capitalista está cuestionado, aflora nuevamente el temor a las ideas socialistas que vuelven a ganar fuerza entre sectores cada vez mayores de la vanguardia obrera y juvenil. Así lo reflejan por ejemplo artículos y editoriales de los grandes medios analizando el crecimiento del trotskismo que es hoy la única corriente que mantiene los ejes que detallamos en este artículo. Por nuestra parte reafirmamos, como hace 170 años:
“Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución (socialista).  Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas.  Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!”

Emilio Poliak

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