A 201 años del 9 de Julio de 1816: Cuando los revolucionarios lograron la primera independencia

“¿Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra independencia?” reclamaba al Congreso de Tucumán el general San Martín, que estaba preparando en Mendoza el cruce de los Andes.

El Libertador sabía que se estaban jugando tiempos decisivos. Una oleada de levantamientos revolucionarios que se produjeron en 1810, luego de que el rey de España, Fernando VII, cayera en manos de las tropas napoleónicas, Buenos Aires, Caracas, Bogotá, Santiago de Chile y Dolores (México) habían logrado desplazar a las autoridades de la burocracia española e instalar gobiernos criollos. Pero en 1814, como consecuencias de las derrotas de Napoleón, el rey de España recuperó su trono y no aceptaba ninguna negociación con las nuevas autoridades de sus colonias.
En 1816 la mayoría de los levantamientos habían sido derrotados y el Río de la Plata estaba en la mira de los ejércitos de la Corona españoal, dispuestos a hacer tronar el escarmiento. La guerra, sumada a las represalias de las tropas españolas, llevaron a Manuel Belgrano a escribir: “Todo es desolación y miseria: las casas abandonadas, las familias fugitivas o arrasadas, los campos desiertos…”. Y a esa situación crítica debemos agregarle las vacilaciones al interios de la burguesía nativa más adinerada, que buscaba a toda costa una negociación con el rey.
Era decisivo un pronunciamiento político del Congreso de Tucumán, la declaración de la independencia, y por eso San Martín les exigía: “Para los hombres de corazón están hechas las empresas. Si esto no se hace, el Congreso es nulo”.

Los debates en el trotskismo

La gesta por la independencia de nuestro país y del resto de las naciones latinoamericanas  fue una gran revolución democrática. Una revolución contra la burocracia virreinal que les permitió a nuestros países romper con la colonia y pegar un gran salto hacia adelante.
La idea de que la independencia fue un simple cambio de mando entre sectores burgueses porque la estructura social no cambió, ya que la de América era una economía capitalista que producía materias primas para el mercado mundial, como sostuvieron Milciades Peña y otros autores, es una concepción equivocada.
De igual manera, el Partido Obrero sostiene: “El Congreso de Tucumán proclamó la independencia con el propósito de acabar con el ciclo revolucionario…”1
Esa postura errada deslegitima aquella gran batalla política. Sobreestima un solo elemento, las divisiones y maniobras de las clases dominantes de la época, que se las arreglaron para dejar afuera del Congreso de Tucumán a los representantes de movimientos revolucionarios agrarios como los que expresaban Artigas o Güemes.
Pero a pesar de esa limitación la lucha política finalmente fue ganada contra los sectores más vacilantes del campo patriota y logró que el 9 de julio de 1816 el Congreso de Tucumán declarara “la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata” de los reyes de España. Luego de largos debates se agregó también “de toda otra dominación extranjera”.
Esas concepciones erróneas no valoran el enorme rol progresivo que jugó la burguesía revolucionaria de aquellos años que, aun dividida en distintos sectores de intereses y poseyendo un ala radicalizada jacobina como la de Moreno, Castelli, Belgrano o Monteagudo primero y San Martín y Bolívar después, creó las condiciones políticas necesarias para que nuestro país pudiera desarrollarse y producir un importante avance en el desarrollo de sus fuerzas productivas. Lo que en algún momento de nuestra historia lo colocaron como uno de los países más pujantes del planeta.
Semejante desarrollo hubiera sido imposible si hubiese sido derrotada la gesta independentista y hubiéramos continuado como una colonia española o británica. La pobreza de pueblos que tardaron un siglo más en independizarse, como por ejemplo gran parte de las naciones africanas, nos muestra hasta qué punto el status colonial es sinónimo de estancamiento y pobreza.

La revolución permanente y la independencia latinoamericana

Después de que un ejército libertador integrado por venezolanos, colombianos, argentinos, chilenos y peruanos derrotara definitivamente a los españoles en la batalla de Ayacucho, en 1824, Simón Bolívar mandó una circular a los gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata, Chile y América Central proponiéndoles que “formásemos una confederación”.
Ese llamado bolivariano fue desoído por las poderosas oligarquías de la época, que privilegiaron sus propios “negocios” y acuerdos con el imperialismo inglés dominante, en lugar de tomar el ejemplo de las ex colonias norteamericanas, que supieron unirse para integrar una gran nación.
Habiendo jugado un rol progresivo muy grande al lograr una importante independencia relativa, ya que no es posible una independencia total dentro del mercado capitalista y luego imperialista, la burguesía criolla de aquellos años mostró sus limitaciones para construir una gran nación en nuestro subcontinente.

Por la segunda y definitiva independencia

Pasados sus años revolucionarios, las clases dominantes locales firmaron tratados de coloniaje, como el famoso préstamo usurario de la Baring Brothers firmado por Rivadavia en 1824.
Un siglo después, el pacto Roca-Runciman firmado en 1933 marcó el mayor hito de la pérdida de nuestra independencia relativa, para convertirnos en una semicolonia del imperialismo inglés.
Los verdaderos intereses nacionales quedaron entonces en manos de la única clase que no tenía negocios ni compromisos con el gran capital: la clase trabajadora. Promediando el siglo XX, importantes sectores de la burguesía nacional, que en nuestro país expresó el peronismo, utilizaron las luchas obreras para enfrentar la penetración imperialista yanqui y conservar cuotas de ganancias.
Al fracaso del llamado “nacionalismo burgués” y su traición a las luchas y conquistas de las masas que le dieron sustento le siguieron movimientos pequeñoburgueses que, como el fenómeno bolivariano tuvieron serios roces con el imperialismo, pero no terminaron de romper con él. Fueron incapaces de acaudillar una pelea consecuente contra las bases capitalistas de sus países, deviniendo en agentes de negocios de la burguesía local con las multinacionales, como lo refleja hoy Maduro en Venezuela.
Otros, como el PT en Brasil o el FPV en la Argentina, no pasaron de un discurso “nacional y popular” pero sin tocar lo esencial de los intereses de las trasnacionales, descargando fuertes ajustes sobre el pueblo cuando desembarcó la crisis mundial. Esto los llevó a perder respaldo popular y el poder. Sólo Cuba logró ser independiente del imperialismo al iniciar el rumbo al socialismo.
La crisis capitalista global actual no permite muchos márgenes para experiencias “populistas” o dobles discursos. La reforma anti-laboral, la suba de la edad jubilatoria, la miseria salarial y el achique de todos los presupuestos sociales, la entrega de los bienes comunes y el desarrollo de una importante y usuraria deuda externa son parte estuctural de la agenda de los representantes directos de las multinacionales que, como Macri en nuestra país, pretenden imponer dichos planes.
La lucha por una segunda y definitiva independencia seguirá el trayecto que ya Trotsky anticipó en sus Tesis sobre la Revolución Permanente, al señalar que en los países “semicoloniales y coloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado -o sea la revolución socialista-, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida.”

Gustavo Giménez


1. Christian Rath y Andrés Roldán, Prensa Obrera, 30/6/16.