Golpe del 76. Causas y complicidades

Escribe: Gustavo Giménez

Fin de la década del 60. Corrían vientos de revolución. Mientras estallaba la rebelión estudiantil del Mayo Francés en 1968, la juventud yanqui se movilizaba por millones en solidaridad con el pueblo vietnamita, la Checoslovaquia revolucionaria se insubordinaba contra el poder de Moscú y los estudiantes mexicanos enfrentaban una violenta represión en Tlatelolco, los jóvenes estudiantes y trabajadores argentinos derrotaban a la dictadura de Onganía, en esa semiinsurrección que conocemos como el Cordobazo.

El fin de la dictadura de la “Revolución Argentina”, abrió en nuestro país una etapa de enormes luchas contra los planes de la burguesía argentina y las multinacionales. Generó una enorme radicalización de la vanguardia obrera y estudiantil. Las conducciones obreras “clasistas” escapaban del tradicional control del PJ y la burocracia cegetista y se postulaban como una dirección alternativa a esas viejas direcciones sindicales.

Para parar esa tremenda ola la burguesía argentina pactó con Perón su regreso. El viejo general volvía al país, no para acaudillar la movilización de los trabajadores y el pueblo para enfrentar, aunque sea parcialmente, la penetración imperialista, sino para garantizar el Pacto Social, el acuerdo para atar de pies y manos a los trabajadores a la ganancia empresaria y apeló a la represión contra los nuevos activistas, que surgían como hongos entre los trabajadores, a lo largo y ancho del país. El gobierno de Perón – Perón (porque su esposa Isabel lo acompañó como vice), primero puso en caja a los “imberbes” Montoneros, que soñaban con que iba a acaudillar la” patria socialista” y a la vez, apoyado en la burocracia sindical y en el aparato para policial regenteado por su ministro de Bienestar Social, el “brujo” López Rega, la nefasta Triple A, atacó a la vanguardia obrera, que amenazaba su control sobre el país.

Perón murió el 1° de julio de 1974. Dejó en manos de Isabel, López Rega, el aparato del PJ y la burocracia sindical, seguir por el camino que trazó. Ya había desplazado a los gobernadores que, como Bidegaín u Obregón Cano, entre otros, no le eran funcionales. Había echado a los Montos de la Plaza el 1°de mayo. La Triple ya había empezado su cacería de activistas y militantes obreros de izquierda, como el golpe que recibió nuestro partido en la “Masacre de Pacheco”, el 29 de mayo de ese año. Luego vino el asesinato del diputado del Peronista de Base, Ortega Peña y la matanza, a lo largo del mandato de Isabel, de más de 1.000 militantes y activistas. Isabel descargó una invasión represiva sobre la localidad de Villa Constitución el 20/03 de 1975, para derrotar a la combativa vanguardia metalúrgica de la ciudad, entre otros hechos represivos.

El Pacto Social no cumplió con las necesidades de la burguesía y el imperialismo. Fue el llamado Rodrigazo –por el ministro de economía que lo implementó, Celestino Rodrigo- el que, a mediados de 1975, vino a intentar imponer en forma de shock, una devaluación de más del 100%, devaluando salarios y jubilaciones brutalmente. Asambleas en las grandes fábricas y lugares de trabajo obligaron a la burocracia de la CGT a llamar al paro general y movilizar a la Plaza de Mayo. Cayó Rodrigo, el brujo y el gabinete. Los trabajadores recuperaron altos niveles salariales e Isabel, totalmente en crisis, se tomó licencia por unos meses, dejando a Ítalo Luder, titular del Senado, a cargo de la presidencia.

Mondelli, el nuevo ministro de economía intentó retomar en forma paulatina el ajuste intentado por Rodrigo. La situación tendía a polarizarse cada vez más. Los trabajadores resistían organizándose en coordinadoras zonales. El aparato fascista de la triple A seguía actuando impunemente y el deterioro de la situación social y la ausencia de una dirección capaz de tener una política, empujaba a sectores de la clase media hacia posturas reaccionarias.

Paulatinamente, la burguesía y gran parte del régimen político fueron preparando el recambio con el golpe militar, habían utilizado al gobierno de Isabel y ahora lo desechaba como a “un limón exprimido”. Con la excusa de combatir y derrotar a las organizaciones guerrilleras, los militares dieron el golpe más sangriento de nuestra historia. Tuvieron un claro objetivo, frenar el proceso abierto por el Cordobazo, derrotando a la vanguardia obrera y popular que, dirigida por corrientes combativas y la izquierda, impedía normalizar la situación y amenazaba con una cuestión estratégica, derrotar a la burocracia y desarrollar una nueva y combativa dirección de los trabajadores.

Las complicidades

El propio gobierno peronista había preparado el terreno para la asonada militar comandada por Videla. A medidas represivas como la “ley de seguridad” que prohibía el derecho a huelga, al accionar de las bandas fascistas, al nefasto operativo Independencia, debemos sumarle un fuerte recorte de las libertades democráticas que venía perpetuando con la utilización del estado de sitio. Otros dirigentes “democráticos”, como el líder del radicalismo Ricardo Balbín, se pronunciaron contra la “guerrilla fabril” y en las vísperas del golpe manifestaban “carecer de soluciones”.

El Secr. Gral de la CGT, Casildo Herreras, se hizo famoso por “borrarse” en Uruguay, sin dar ninguna pelea. De las filas de estos traidores, surgieron personajes nefastos, que incluso colaboraron activamente con la represión militar. El empresariado armó las listas de activistas que quería sacarse de encima y los entregó a los militares. La Iglesia bendijo el golpe y le prestó su mayor colaboración. El aparato judicial, con jueces y fiscales en comisión, fue totalmente funcional a la “continuidad” del orden legal necesario para la burguesía que, con los militares, dominaba el país. Luego, radicales, peronistas y otros sectores políticos, le prestarían centenares de funcionarios a la dictadura.

Las organizaciones guerrilleras, con su método foquista alejado del movimiento de masas, debilitaron la pelea. Cuando se produjo el golpe, sus fuerzas estaban muy raleadas, por el operativo Independencia que el gobierno de Isabel descargó sobre Tucumán y el resto del país, y por las bajas tanto del ERP como los Montoneros.

El PST

El antecesor de nuestro MST, el heroico Partido Socialista de los Trabajadores, utilizó todas las tácticas posibles para empalmar con los procesos que atravesaron a los trabajadores y disputar una importante franja surgida en las luchas, para construir un fuerte partido de vanguardia.

Disputando con las posturas ultras, utilizó las elecciones para crear un polo socialista que enfrentó al PJ. Militando en las luchas obreras y populares, su actividad le permitió penetrar profundamente entre los trabajadores y ser parte de la nueva vanguardia obrera que desafiaba la conducción burocrática. Su dirección de la interna del Banco Nación, de importantes fábricas metalúrgicas en el cordón industrial de la zona norte o como parte de la dirección de las luchas de Villa Constitución, entre muchos otros lugares de trabajo, lo hicieron un polo para que ingresaran a nuestro partido grandes dirigentes obreros, como el Petiso Páez, referente del Sitrac Sitram, y a su vez, lo constituyeron en blanco del accionar de la Triple A, que nos golpeó duramente, asesinado a 16 compañeros.

El PST se asumió la defensa legal de todos los presos políticos, incluyendo a los pertenecientes a las organizaciones guerrilleras. Con el orgullo de haber peleado contra el gobierno de Isabel – López Rega primero y contra la dictadura después, con el costo de más de 100 compañeros asesinados y desaparecidos, presos políticos, perseguidos y obligados al exilio, tuvo en esos años, una dura polémica con la guerrilla.

Como relatan muchos testimonios de militantes de aquellos años en el libro Rastros en el Silencio, el golpe militar nos encontró luchando junto a los trabajadores por derrotar la avanzada patronal imperialista, la única oportunidad que tenían los trabajadores de enfrentarlo y evitarlo.